Alpe Volcán, a la sombra del Cerro Negro

Alpe Volcán, a la sombra del Cerro Negro

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El origen de nuestras Alpe Volcán. Su nombre no está puesto a la ligera, tienen detrás una historia de misterio y conquista.

Disfrutando de una chicha en la barra de un bar de León, Nicaragua, reflexionaba sobre mi vida. Estaba ensimismado, con la mirada fija en las farolas que centelleaban iluminando parte de la iglesia colonial del Calvario. Más allá, al fondo, en la oscuridad del crepúsculo, el Cerro Negro recortaba el horizonte.

En ese momento, algo me despertó de mi letargo y mientras Gregor Salto sonaba en unos desvencijados altavoces con su “diosa misteriosa”, ella entró en escena. Como si todo estuviese
preparado para ir al son de la letra de la canción, ella también me miró de medio lado! Y me tendió la mano incitándome a bailar.

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Estos son los zuecos protagonista de la historia (click para ver en tienda)

Era un poco más alta que yo. Calzaba en unos zuecos negros, con mucho carácter y un tacón de 8 cms. Su esmalte de uñas era rojo pasión, como el carmín de sus labios. Bailando nos desequilibramos un instante y me pisó. Dejó una mancha negra como el tizón con una curiosa forma de llamarada en mis yutes de color beige. Me dijo que era ceniza del volcán y se echó a reír mientras seguía bailando a ritmo latino.

El ambiente vaporoso nos envolvió y parecía como si todo el bar hubiera puesto sus ojos en nosotros, como si un foco apuntara a la pareja de bailarines mientras el resto de la estancia se sumía en la negrura. Se acercó y nos besamos en busca del aplauso del público, pero entonces la luz se apagó.

Cuando se volvió a encender estaba apoyado en la barra mientras el camarero me gritaba para que me despertara, ya que era la hora de cerrar. ¿Dónde estaba “la diosa”? ¿Todo había sido un sueño? Cogí mi sombrero de lino y mi sahariana y pagué la cuenta, que ascendía a bastantes córdobas.

Salí del local. Amanecía tímidamente y la silueta del Cerro Negro recibía de nuevo astro sol. La plaza estaba desierta. Desorientado, mire al suelo todavía intentando recordar a la bailarina misteriosa con la que había soñado. Allí, en mi pie derecho, había una marca de pisotón con forma de llamarada. Era ceniza, ceniza volcánica.



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